Podría decirse que ya me ordené en mi desorden, y me alejé de todo eso que me hizo mal alguna vez. Pero aun así...hay algo dando vueltas.
Me gusta la soledad, la adoro de hecho. No la considero algo triste, sino como un sentimiento de libertad y paz interior extrema, es por eso que me cuesta mucho desprenderme de ella. La dejé de lado por alguien que creí que valía la pena, y resultó no ser merecedor de dicho privilegio. Y ahora, mientras estoy acostada tranquila en la cama, pienso: Realmente podría decirse que lo tengo todo, pero ¿Por qué uno siempre quiere un poco más? Nos gusta intentar ver que el vaso rebalse de lleno, pero nunca lo logramos. ¿Por qué esa necesidad constante de control absoluto? ¿Por qué el ser humano a pesar de ser tan imperfecto, busca tanto la añorada perfección? ¿Por qué siempre desear más, esperar más, amar de más? Aprender y de hecho, querer lo que se tiene, a veces resulta un poco difícil de ver cuando la melancolía trata de nublarte la vista. Y cuando uno resulta ser tan perfeccionista, acaba siendo más complicado el simple hecho de dejarse llevar, dejarse fluír y ser uno con el mundo. Es algo que tengo en cuenta siempre y que en estos últimos años, estuve poniéndo en práctica. Aunque quisiera poder tener el control de todo, sé que resulta una tarea imposible. Así que mi consejo para todas aquellas personas que sean así es el siguiente: Mejor a respirar hondo, acariciar el relax y dejárse ir. Porque las sorpresas son parte del juego queramos o no, e indudablemente hacen más bella la estadía.
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